Carta abierta a los bomberos de Venezuela.

“Cuando un hombre se convierte en bombero, ha conseguido su mayor acto de valentía. Lo que hace después está en su línea de trabajo”.

Edward F. Croker.

“Un héroe es todo aquel que hace lo que puede”.

Romain Rolland (1866-1944)

Se dice que Dios creó al bombero para que el maestro y médico tuviesen a alguien a quien admirar. Dicho adagio parecen una gran exageración, pero lo cierto es que no.

Venezuela no transita por su mejor momento. Nos encontramos en medio de una crisis económica que se ha visto envuelta en una pandemia.

En medio del temor, la incertidumbre, las muertes y  los problemas de índole monetarios, la estación de sequía ha llegado. Esto último pareciera no ser tan importante, pero resulta que estamos ante uno de los años más calurosos de esta década.

El fenómeno del Niño nos ha golpeado con fuerza y las temperaturas van en aumento. Hace unos días el Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (INAMEH) publicó un mapa de riesgo en donde indicaba que cerca de 64,2% del territorio nacional, lo que viene siendo una extensión 690.914 kilómetros cuadrados (una buena parte del país), se encuentran dentro del rango con mayor probabilidad y riesgos de sufrir incendios forestales.

No hace falta ser un genio para comprender que las perspectivas no son favorables. Que cada vez es mayor la frecuencia con las que ocurren estos incendios.

Aquí la esencia del problema no radica en el incendio que se va a desatar o que ya se han desatado. En un país ideal habría contramedidas y los recursos suficientes para detener a tiempo la deflagración.

Pero la realidad es totalmente diferente, pues aquellos que deben combatir este fenómeno no cuenta con las herramientas necesarias.

En este punto es necesario señalar, que estos incendios son peligrosos, porque la mayoría de ellos son consecuencias de una serie de eventos desafortunados, o simplemente la naturaleza comportándose como se espera de ella.

De haber una intencionalidad tras ellos, se podrían predecir y, a la larga, detener a los causantes.

Si hubiese una mano humana provocando la mayoría de ellos, los mismos no serían tan peligrosos, ni tan aterradores. Pero, tristemente no hay una mente “racional” tras ellos, solo la pura y dura naturaleza o la mera casualidad. Y como ha quedado claro, la naturaleza es sabia y difícil de predecir.

Una probada de dicho poder lo sintieron los caraqueños el pasado sábado 11 de abril. En la noche, ese día se registraron cerca de 14 incendio forestales.

Cada una de estas deflagraciones fueron de un magnitud e intensidad diferentes, pero todos pusieron a los lugareños a respirar humo.

En ese incendio cerca de 200 hectáreas de vegetación fueron arrasadas. Luego, al día siguiente se registraron otra serie de igniciones.

Estas deflagraciones fueron tan potentes que fue necesario evacuar, a los pacientes y al personal del Hospital Pérez Carreño al Hospital Clínico Universitario de Caracas.

Ardieron, también, durante ese fin de semana, los parques El Pinar en Macarao, El Waraira Repano, ciertos sectores de Montalbán, Antímano, varios sitios en el Hatillo y en Baruta. Eso sin contar lugares algo alejados como Guarenas y Guatire.

Ante la inevitabilidad de estos fenómenos, los caraqueños tuvieron que aguantar las consecuencias con estoicismo.

Todos tragamos humo y cenizas, con todo lo pernicioso que es para la salud humana. Súmele a ello las características de la pandemia que nos aqueja y verá que tenemos mucho por lo que preocuparnos.

Las noches del 11 y 12 de abril fueron dantescas. Las imágenes que aún ruedan por las diferentes redes sociales y redes de mensajería, exacerban la imaginación de mala manera.

El fuego, en las fotografía parecía un gran dragón, uno rápido y furioso descendiendo por las laderas de los cerros para quemar a la ciudad hasta sus cimientos.

Visto desde otro ángulo, y tomando en consideración el contexto de la Semana Mayor, solo hizo falta una cosa, para que aquella fotografía fuese aterradoramente memorable: la efigie del emperador Nerón con su lira.

En este momento es difícil para mí, no preguntarme ¿De quién es la culpa? Adjudicar culpas es difícil, pues como ya señalé muchos incendios fueron, son y serán fortuitos. La mayoría producto de una estación extremadamente seca.

En el sentido más estricto de la palabra no hay un abusador al que señalar. Lo que si hay es una falta de preparación y conciencia ambiental por parte del Gobierno Nacional y los gobiernos locales, además de la la ciudadanía.

Pero, aunque suena excusa, parece que la falta de visión es algo propio de nuestra cultura que pareciera solo florecer en la crisis.

A pesar de ello, existen algunas personas que han trascendido este paradigma, que a veces es tan nefasto como sorprendente —hay que aceptar que a veces esta mentalidad hace del venezolano alguien flexible y capaz de resolver problemas —.

¿Quiénes son los que han superado el paradigma? pues nada más y nada menos que los bomberos y rescatistas; a quienes les dediqué los encabezados de esta carta.

Estos héroes modernos que no tienen nada que envidiarle a los héroes griegos o los superhéroes que tanto le gustan a chamos y mayores por igual, son los que se enfrentaron a esas perniciosas serpientes de fuego armados con uñas y dientes; porque la verdad es que cuentan con pocos recursos.

Así pues, mi saludo es para estas personas excepcionales que lograron contener la mayoría de los incendios.

Me refiero a la gente de Protección Civil, los Bomberos de la UCV, el Cuerpo de Bomberos de la USB y los diferentes cuerpos de bomberos.

¿Cómo no vamos a hacer un reconocimiento a estos venezolanos? Y es que cuando los jóvenes que han elegido esta carrera, que es casi un apostolado, merecen nuestro respeto y admiración. Por eso entiendo, porque los estudiantes de los cuerpos de bomberos universitarios son homenajeados durante los actos de grado, sin importar promedio, procedencia o cualquier otra distinción.

Un bombero, al igual que el médico y el docente, es una persona excepcional que no está pensando en sí mismo cuando tiene que hacer su trabajo.

Individuos que han dejado el ego de lado para ayudar a la comunidad. Eso, desde cualquier punto de vista, es la definición más clara de heroísmo.

Ahora, si a estos individuos, que han elegido el camino del bienestar común por encima del propio, que están poniendo su vidas en riesgo para detener a una fuerza de la naturaleza, se les puede considerar excepcionales y heroicos en condiciones normales, debemos preguntarnos ¿Cómo debemos considerar a los bomberos venezolanos que, en estos momentos, no cuentan con combustible y agua para hacerle frente a este fenómeno, pero aun así cual caballeros andantes salen hacerle frente a los voraces incendios?  Pues nada más y nada menos como héroes.

Tal vez la modestia y las disciplina los obligue a verse así mismos de otra forma, pero nosotros no podemos, no debemos verlos de otra forma.

El venezolano de a pie suele admirar a modelos más perniciosos. ¿Por qué no tener una deferencia ante personas que ponen sus vidas en riesgo?

Al César, lo que es del César. Y al que ha obrado bien hay que reconocérselo. Por eso, esta carta es un reconocimiento para estos luchadores.

Sé que una carta abierta, como reconocimiento es poca cosa. Que más me gustaría a mí poder hacer algo más por ellos. Pero mis condiciones materiales me limitan.

Solo me queda desearles lo mejor. Y encomendarlos a su santos patrones: San Florián de Lorch (bombero y mártir) San Juan de Dios (fundador de la  Orden de los Hospitalarios) y San Juan Nepomuceno que les ampare y les protejan, que intercedan ante Dios todopoderoso, para que cuando estos hombres y mujeres salgan de sus cuarteles a combatir un incendio, puedan regresar, a sus casas, cubiertos de hollín pero sanos y salvos. Que logren su objetivo y ninguna vida se pierda en el camino. Que se sirvan a sí mismo, sirviendo a los demás.

Por último, pedirle al Señor que se abra el entendimiento de los gobernantes y consideren ayudar a nuestros bomberos. Darles las herramientas necesarias de trabajo a esto héroes y heroínas, es servir al pueblo. Un pueblo que está a merced de una fuerza que no entiende de facciones, colores e ideología. Como tampoco entienden —y seguro les importa muy poco— estos modernos caballeros andantes cuando salen a la montaña a luchar contra la voracidad del fuego.

A ustedes, jóvenes les deseo lo mejor. Que la Providencia nunca los desampare.
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Vía: Caraota Digital.
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